¿Por qué me siento desconectado de Dios?: la teoría del espiral.

El otro día en Instagram comentaba algo que me pareció bueno desarrollar en un blog, ya que a raíz de eso surgieron bastantes preguntas que voy a intentar responder hoy.

Todo surgió cuando alguien me hizo la pregunta que le da título a este blog: ¿Por qué me siento desconectado de Dios? Yo respondí con algo que fui aprendiendo en mi caminar por Dios, que es lo que yo llamo “la teoría del espiral”. Dios suele hablarme muchísimo a través de la ciencia, los fenómenos naturales y la naturaleza en sí. Y una vez, cuando yo también me sentía totalmente desconectada de Dios, leí algo que me hizo cambiar totalmente la forma en la que entiendo los procesos y los ciclos en Dios:

Casi todo en la naturaleza tiene una forma de espiral: desde la forma en la que los electrones se acomodan en la nube alrededor del núcleo del átomo, pasando por la doble hélice del ADN, los huracanes, las flores, las olas, y hasta la forma de dormir que tienen algunos animales. Nuestra galaxia de hecho tiene forma de espiral y se cree que el universo entero tiene esta forma. Esto se conoce como secuencia de Fibonacci número áureo, para quienes quieran googlear o leer más al respecto. Básicamente, la secuencia de Fibonacci es una sucesión infinita de números, que se grafican en forma de espiral, y que se repite una y otra vez en la naturaleza y sus ciclos. Muchos dicen que la secuencia de Fibonacci es el “patrón” que usó Dios para crear todo lo que vemos:

Arriba a la izquierda, el gráfico de la secuencia de Fibonacci.
El resto de las imágenes son algunos ejemplos de esta secuencia en la naturaleza.

Ya sé lo que estás pensando: Selene se volvió loca (y puede ser, jaja), pero solamente estoy poniendo estos ejemplos porque es la manera en la que Dios me habla. Quizás para vos sea una locura, quizás te parezca demasiado complicado… y está bien. Cada uno tiene su manera de hablar y entender a Dios y más adelante voy a profundizar en este tema.

Ahora bien, volviendo al tema del blog de hoy, decía que mientras estaba atravesando una temporada en donde no me sentía conectada con Dios, se me dio por leer de Fibonacci y los ejemplos de la naturaleza. Y ahí me hizo el click para entender cómo creo que funcionan los ciclos y las temporadas en Dios: a veces pensamos que los ciclos tienen forma de círculo, pero yo cada vez estoy más convencida que tienen forma de espiral, como la secuencia de Fibonacci.

Hay muchas etapas por las que pasamos cuando comenzamos a caminar con Dios. Al principio, todos tenemos esa temporada en donde nos sentimos conectados 100% con el Señor: recibimos palabras proféticas, sentimos Su Presencia y nos sabemos conectados con el Espíritu, nos mandan un mensajito con la  palabra que necesitamos, nos encontramos con el podcast o video que aplica 100% a nuestra situación, etc. Es una etapa de conexión total con Dios. A veces, hasta podemos llegar a criticar a quien no está “tan conectado a Dios” como nosotros, porque podemos llegar a pensar: “¿Cómo es que esta persona no lo entiende? ¡Si es tan fácil!” Es normal volvernos un poco arrogantes en esta etapa porque creemos que ya descubrimos todo.

Sin embargo, el tiempo pasa y un día, sin darnos cuenta, estamos del lado contrario: no vemos, ni escuchamos, ni sentimos a Dios. Queremos salir de esta etapa rápidamente y creemos que hicimos algo mal para ya no sentir la presencia de Dios como lo hacíamos antes. No obstante, a pesar de que volvemos a hacer las mismas cosas de antes, ya no nos resulta igual: las alabanzas ya no nos llegan tanto, las oraciones parecen que no pasan el techo, pedimos consejo y lo que nos dicen no nos aplica… Es un silencio total. No sabemos cómo, pero estamos de la vereda de enfrente, en donde no pega el sol y hace frío, desesperados por volver del otro lado... pero no sabemos cómo hacerlo. De repente, nada tiene sentido.

Pero quiero decirte que esto es normal. No es un tema de pecado, ni de incredulidad. Simplemente, a veces el avance se puede llegar a sentir como retroceso. Estás más adelante en el espiral, pero del lado de enfrente. Dios quiere enseñarte cosas nuevas en esta etapa, que solo podés aprender estando en este lugar: la primera, es que Dios quiere que sigas creyendo en lo último que Él te habló a pesar de que ahora no veas nada; y la segunda, a aprender a verlo a Él en lo simple, en lo cotidiano, en lo que antes te pasaba desapercibido porque solo lo veías en lo grande. Es solo así que la fe crece y madura. En la primera etapa no se crece tanto como en esta.

Y ahora volvamos a Fibonacci un rato. ¿Qué tiene que ver con esto? Que a veces pensamos que esta etapa de aparente desconexión es un proceso que pasamos solo una vez. Pero así como en la naturaleza, nuestros ciclos también tienen forma de espiral: una y otra vez vamos a volver a pasar por la etapa en donde nos sentimos súper conectados con Dios, para luego volver a la etapa en donde no lo sentimos tanto. Pero cada vez volvemos con más herramientas, si es que aprendemos a disfrutar de cada etapa. Es cuando dejamos de pelear con la etapa en donde estamos que aprendemos a verle la belleza a las diferentes temporadas en Dios.

Recuerdo que tuve una etapa hace unos años en donde recibía palabras proféticas casi todos los días. Estudiaba en una escuela de entrenamiento sobrenatural y practicábamos entre los estudiantes, así que era normal recibir mensajes con palabras proféticas. Me sentía súper conectada con Dios ¡era hermoso!

Sin embargo, después vino una etapa de sequía total. No sentía a Dios para nada, a pesar de que lo seguía buscando tanto o más que antes. De hecho, creo que la última palabra profética que recibí fue hace como tres años. Pero fue en ese tiempo que entendí lo segundo que quiero compartirte hoy: Dios quería enseñarme a saciarme con mi propia fuente de agua viva.

La Palabra de Dios enseña que quienes creen en Dios, de su interior correrán ríos de agua viva, que trae verdadera saciedad (Juan 7:38). Pero ¿cómo bebo de esa agua? ¿Alguna vez te lo preguntaste? Cuando solo recibo a través de los demás, ya sea a través de palabras proféticas, enseñanzas o cualquier otro tipo de mensaje, estoy saciando mi sed con la fuente de agua viva de otra persona (ya sea tu amigo, pastor, líder, profeta, etc.) Pero como esa no es mi propia fuente, siempre voy a querer más: voy a ir a más congresos para recibir más palabras, voy a estudiar más, voy a pedir más oración… y nada de esto está mal. Pero tampoco va a saciar tu sed.

Nuestra sed solo es saciada cuando aprendemos a beber de nuestra propia fuente de agua viva. Y para eso, tengo que ser buen administrador y responsable de mi propia espiritualidad. Es fácil “beber” de otros: solamente me tengo que poner en la línea cuando ora el pastor, y esperar recibir una palabra. Hay temporadas en donde Dios nos pide que otros oren e impartan por nosotros, y está bien. Pero no es lo más importante.

No está mal recibir palabras e ir a congresos (de hecho, ¡me encanta orar por otros y dar palabras!) pero la realidad es que debería ser nuestro propio río de agua viva la que nos sacie la mayor parte del tiempo. Las palabras proféticas que nos dan terceros son un mimo de Dios, un regalo. Pero si son nuestro único combustible, estamos el problemas porque seremos buscadores crónicos de palabras proféticas. Yo he visto a estas personas muchas veces en la iglesia. Son aquellos que van de campaña en campaña, de congreso en congreso, de escuela sobrenatural a escuela sobrenatural… son los primeros en la línea para que el profeta les de una palabra, y a pesar de que aparentemente son los que más “reciben” (porque son los que más buscan), no dan fruto o el fruto que dan es muy escaso. El problema con estas personas es que no han podido ver el río de agua viva que fluye dentro de ellos.

Es en la etapa de sequía en donde aprendemos a ver a Dios en las pequeñas cosas y detalles y armar nuestro propio lenguaje con Él. En el desierto, enfrentamos los procesos que veníamos posponiendo. Yo no hubiese aprendido a ver a Dios, por ejemplo, en la secuencia de Fibonacci de no haber pasado por la temporada de sequía. Hay un lenguaje único que solo Dios y yo hablamos, pero que se aprende en lo secreto. Y Dios quiere lo mismo para vos y todos Sus hijos.

La clave está en entender que todas las etapas son un ciclo: ni la etapa de “siento a Dios todos los días”, ni la sequía duran para siempre. Por eso, cualquiera sea en la etapa que te encuentres, disfrutala porque en un tiempo vas a volver a la otra, y otra vez vas a volver a la primera, y así va a seguir repitiéndose sucesivamente hasta que tengamos que partir de este plano.

La buena noticia es que, con el tiempo y la experiencia, volvemos con más herramientas a atravesar las temporadas de sequía, y con más alegría y presencia a las temporadas de cosecha. El espiral se va haciendo más ancho, y esa es la experiencia. Es que, si aprendemos a dejar de pelear con ella, vamos a poder encontrarle la belleza al desierto. Es una temporada en donde quizás no sintamos tanto, pero en donde nuestra fe se hace más fuerte. Es una etapa de contemplación y crecimiento. Conocemos mucho más a Dios en la etapa de sequía que en la de cosecha. Y también nos conocemos mucho más a nosotros mismos.

Pero ¡atención!: Hay quienes también mueren en el desierto. Si no aprendemos lo que debemos aprender en la temporada de desierto, el espiral en vez de ir en forma ascendente, lo hará de forma descendente: cada vez nos sentiremos más y más hundidos y más lejos de Dios. Lo sé porque estuve ahí. Lo que no se sana, suelta, perdona, trata, o resuelve, inevitablemente se repetirá (y cada vez con mayor intensidad). Es por eso que muchas personas están eternamente en el desierto, porque prefieren no ser procesados.

Y vos, ¿en qué etapa te encontrás?

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