El gran reset: ¿Qué significa “ser iglesia”?

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¡Volví! ¡Wow, ya 2021! ¡Feliz año! El 2020 fue realmente un año totalmente diferente a lo que me imaginaba y creo que así fue para todos, ¿no? Al hacer mi lista de objetivos y metas, lejos de mí estaba comprender todo lo que nos iba a traer el renombrado 2020. Es por eso que no escribí tanto durante el año pasado. Para mí, fue un año de mucha sanidad interior y de volver a replantearme cosas. Fue un tiempo de mucha introspección y no tanto de compartir públicamente, a diferencia de otros. Hubo muchos cambios a nivel personal. Siento que crecí y maduré en muchos sentidos, ¿les pasó lo mismo? Para muchos fue muy duro en varios aspectos pero muy hermoso en otros, y para mí también. ¿Por dónde empiezo? ¡Ah, sí! Por lo más lindo: ¡me casé! En medio de toda la vorágine y la locura que fue el 2020, con mi novio, ahora esposo, decidimos casarnos después de casi un año y medio de relación a distancia (tema para algún blog algún día). Y esa es la otra noticia: ¡emigré de Argentina! Ahora vivo en Texas, Estados Unidos junto con mi esposo. Nuestra idea era hacer una fiesta enorme en Argentina y luego venir los dos a Texas, pero la pandemia nos lo impidió. Así que nos casamos directamente en Texas, y mi familia y amigos lo miraron por Zoom. ¡Sí, tuve una Zoom-Boda! A nivel emocional fue una montaña rusa porque siempre me imaginé otra cosa, pero ¿quién tiene todo tal cual lo sueña o imagina? A pesar de la separación familiar y de amigos, estoy feliz. Adaptándome de a poquito a mi nuevo hogar y nuevo estado civil. Extraño Argentina y sus costumbres, pero también estoy enamorándome de los texanos, de su amabilidad y de su patriotismo.

Ahora sí, pasemos al tema de hoy. Al menos en Argentina, el año pasado las iglesias tuvieron que cerrar sus puertas por tiempo indeterminado. Al día de hoy (enero de 2021) pueden abrir pero con un número limitado de asistentes por metro cuadrado. Pero igualmente, ya nada es lo mismo. Todo dista mucho de volver a la “normalidad”… y pienso que Dios quiere que sea así.

En otro blog ya compartí lo que pienso que Dios le está enseñando a la Iglesia a través de la pandemia (Si no lo leíste, puedes hacerlo haciendo click aquí). Pero hoy específicamente quiero tocar el tema de lo que significa “ser Iglesia”

La estructura piramidal de la iglesia

Si nos preguntaban, todos los cristianos de la rama evangélica o protestante respondíamos lo siguiente si alguien nos preguntaba qué era la Iglesia: “La Iglesia es el conjunto de los creyentes, no es el edificio en donde nos juntamos. Todos los hijos de Dios somos iguales, no hay más o menos importantes que otros.”

Ese concepto es totalmente válido. El problema es que en la práctica hacíamos otra cosa. Paso a ejemplificar (y con cuántos te sentís identificado):

  • Si faltábamos dos semanas a la Iglesia, nos sentíamos “apartados”.
  • O peor aún, si alguien faltaba al “culto” por algunas semanas, pensábamos que se había enfriado o “apartado”
  • Si no servíamos activamente en un ministerio, pensábamos que no servíamos en el sentido literal de la palabra.
  • Si no participábamos de los eventos, no estábamos “comprendiendo la visión”
  • Si nos cuestionábamos cosas que pasaban, no estábamos “cuidando a la iglesia” o no estábamos velando por los “débiles en la fe”
  • Si el pastor tenía algún problema con alguna persona de la iglesia, automáticamente se creía la versión del pastor sin cuestionarse que quizás existiese la posibilidad que estuviese equivocado. Se elaboraba una “versión oficial” de las cosas y no se hablaba más del tema.

¿Te suena familiar? Lentamente y casi sin darnos cuenta, la Iglesia pasó a tener una estructura piramidal en donde los pastores y líderes se ubicaron en la cima y terminaron siendo las personas más importantes dentro de la iglesia. Gracias a eso, hoy en día es común ver pastores que parecen rockstars más que servidores espirituales. Son pastores sin olor a oveja. Encontraron en la estructura piramidal de la iglesia un lugar en donde alimentar su ego y arrogancia.

En la base de la pirámide se ubican los simples congregantes, y mientras más arriba de la estructura se ubiquen, más “autoridad”. Para subir de escalafón, hay que ser fieles a los líderes y servir cada vez más y estar más y más tiempo en la iglesia. Se crea así un ambiente de hipocresía en donde todos buscan mostrarse perfectos para agradarles a los líderes y así “subir de lugar”. Como ser perfecto es imposible, cubrimos y tapamos. Hay cosas de las que no se hablan o solamente se rumorean por lo bajo. Los líderes se muestran perfectos para agradarle al pastor, cuando en verdad están tan necesitados de la gracia como el primer día.

La gente hambrienta de Dios, tiene dos caminos: el primero, es ignorar todo que ocurre a su alrededor y simplemente asistir a los cultos. Como no buscan agradarle a los líderes y pastores, rara vez son tenidos en cuenta. Son anónimos en la iglesia. Nadie sabe de ellos, vienen y se van sin interactuar con nadie, y nadie tampoco se preocupa por ellos más que durante 2-3 reuniones mientras son “los nuevos”. El segundo camino es tratar de integrarse al sistema piramidal, y ahí tienen dos opciones: si se muestran sinceros y confiesan abiertamente sus problemas con los líderes, no serán tenidos en cuenta nunca por no ser “perfectos” como ellos. Y la segunda opción es volverse hipócrita y religioso y hacer todo para agradarle a los líderes. Solo tomando el camino de la hipocresía podrán “avanzar” y ser tenidos en cuenta. Y así el ciclo se repetirá haciendo cada vez más ancha la base de la pirámide y más chica la cima.

Por supuesto que no estoy hablando de todas las iglesias de todo el mundo y hay excepciones a esta regla y líderes que no son así y no apoyan este tipo de estructura. Pero, a grandes rasgos, esto suele verse muy a menudo. Personalmente, yo me he perdido casamientos familiares, fiestas de cumpleaños, juntadas con amigos, tiempo con mi familia y ya no sé cuántas más cosas porque el pastor “me quería ver, me quería ver, me quería ver” en la iglesia. En el momento creía que estaba “perdiendo para ganar”, pero lejos de eso, solamente perdí tiempo que no vuelve y terminé exhausta. No estoy diciendo que a veces no hay que hacer sacrificios, pero si estás en la iglesia los 7 días de la semana, como llegó a ser mi caso, estás en un problema. Mi agenda era así: lunes, reunión de líderes. Martes, colaborar en la reunión de nuevos. Miércoles, reunión del ministerio de músicos y ensayo en el coro. Jueves, reunión general. Viernes, estudios bíblicos. Sábado, reunión de jóvenes. Domingo, reunión general.

La buena noticia es que ¡esto está comenzando a cambiar! La estructura piramidal nunca salió del corazón de Dios.

El gran reset: volviendo a la esencia

Hoy en día se utiliza el término “el gran reset” o “el gran reinicio” para referirse a la situación económica mundial post pandemia. Me gustó el término para referirme a lo que Dios hizo con la iglesia a través de la pandemia. Realmente creo que Dios necesitaba frenar la locura en la que la iglesia había caído para volver a recordarnos lo que es importante y el verdadero significado de lo que es ser Iglesia. Fue un verdadero “reinicio”.

De un día para el otro, todo el sistema fue forzado a detenerse por la pandemia. Los edificios de las iglesias cerraron, ya no hubo culto al que asistir, ni ministerio en dónde servir, ni eventos en los que participar. Los pastores y líderes que se habían ubicado en la cima de la pirámide y parecían inalcanzables, de repente ya no tuvieron dónde cimentar su ego y se dieron cuenta que lo único que los sostenía en ese lugar era la base de la pirámide, la gente común y corriente.

Algunos líderes todavía intentan sostener la pirámide por todos los medios, y algunas personas los seguirán. Pero ya es un diseño viejo y obsoleto. Dios desarmó lo que no venía de Él para poder darle una nueva forma y volver a ubicarse en el centro.

Y cuando Dios está en el centro, la Iglesia se enfoca en las necesidades reales. Los eventos, conferencias y escuelas sobrenaturales no tienen sentido si no se enfocan en responder la necesidad inmediata de un mundo cada día más necesitado de Jesús. Dar de comer a los pobres, visitar a las viudas y huérfanos, atender a los ancianos, predicar el Evangelio en las calles, orar por los enfermos, educar a los niños, y toda actividad centrada en el SERVICIO debe y necesita ser la respuesta de la Iglesia.

Autonomía espiritual

Cuando ya no hubo “culto” donde ir, muchos se vieron obligados a comprender de golpe y porrazo, como decimos en Argentina, que somos responsables de nuestra propia espiritualidad. La pandemia fue el curso acelerado de autonomía espiritual que no sabíamos que necesitábamos.

Salir de toda la vorágine en que se había convertido la iglesia, le otorgó a algunos cristianos la libertad que tanto necesitaban. No es de extrañar que para muchos, incluida yo, este tiempo de silencio haya sido también el momento en donde mayor comunión tuvieron con Dios. Para estas personas, dejar de congregarse significó el mayor momento de crecimiento espiritual y comunicación con Jesús. Aprendieron a conectarse con Dios sin intermediarios.

Para otros, fue el peor momento de sus vidas a nivel espiritual. Esta pausa mundial los obligó a mirar hacia adentro, hacer introspección, y darse cuenta que su comunión con Dios siempre dependió de un tercero: del líder que les ore, del pastor que predique, del evento y de la escuela sobrenatural, de la ministración de la alabanza, de la comunión con los hermanos, etc. Los únicos momentos en los que oían a Dios era si había profecía en la iglesia. Y sin todo eso, les fue muy difícil conectar con Dios. No se les enseñó o no aprendieron a ser responsables de su propia espiritualidad. Y es por eso que su única esperanza fue orar a que abra pronto la iglesia.

Los que supieron entender los tiempos, comprendieron que era tiempo de hacerse cargo de sí mismos y hacer de su casa un lugar de alabanza y de su corazón un altar a Dios, como siempre debió ser. Los que no, se sumergieron en un temor nunca antes visto.

Adorar a las formas

La estructura piramidal obliga a mantener el status quo y las formas porque son lo que sostiene el sistema. Si algo se sale de la forma, la pirámide se derrumba. Por eso se suele buscar un cristianismo “talle único” o de forma de cortante de galletitas, en donde el que no encaja o no entra en la forma es rechazado o tildado de frío o hereje.

El problema con esto es que, con el tiempo, terminamos haciéndole culto a la forma y a la estructura. La forma pasa a ser lo esencial, en vez de Cristo. O peor aún, ¡se presenta una figura de Cristo adaptada a la forma de la iglesia! Cuando los eventos, las escuelas, el culto, la forma y el orden pasan a ser más importantes que Jesús, estamos abriéndole la puerta al abuso de poder, al abuso espiritual, al abuso emocional y –a veces– sexual. Esto pasa más seguido de lo que te imaginas dentro de las iglesias, pero casi siempre se optará por una de estas dos alternativas: primeramente, se buscará convencer a la víctima del abuso que está equivocada, que debe perdonar. Se buscará incluso hacerla dudar del abuso (de cualquier tipo de abuso) por diversos medios. Si esto no funciona y la persona habla y cuenta lo que pasó, se buscará atacar su credibilidad y reputación. Se elaborará una “versión oficial” de las cosas –en donde por supuesto siempre los líderes y pastores son los buenos, y la víctima, mala–, se convencerá a los demás líderes que esa es “la verdad”, y no se hablará nunca más del tema. Desarrollo más respecto al abuso en la iglesia en este blog.

Es por eso que pienso que esta pandemia es un ¡basta ya! de Dios. No podemos permitir que todo esto siga pasando en nombre de la Iglesia.

La verdadera estructura de la Iglesia

La Iglesia es y siempre debió ser un organismo vivo. Y si algo está vivo, se mueve, crece, se desplaza y va cambiando de forma.

¿Y si no es una pirámide, qué es? No me gustaría asignarle una nueva figura geométrica a la verdadera estructura de Iglesia que reemplace la pirámide, simplemente porque como seres humanos, somos demasiado rápidos en adorar las formas y otra vez estaríamos cayendo en lo mismo. Y es que la verdadera forma es que ¡no hay forma! Pero si tuviese que ejemplificar la forma que debería tener la Iglesia, si es que existe tal cosa, sería el de una célula. No estoy hablando de los grupos de vida. Estoy hablando del concepto biológico de la palabra célula.

Cada célula es una porción de vida. Está compuesta de diferentes organelos que cumplen funciones específicas y diferentes. No hay organelos más importantes que otros, de hecho, se solía creer que el ADN era lo más importante de la célula pero hoy en día se ha descubierto que el medio ambiente (esto es, la membrana plasmática) condiciona la expresión del ADN (esto se llama epigenética). Si un organelo no funciona bien, los demás buscarán reparar el error porque si una parte no funciona correctamente, todo lo demás no funcionará bien. Dicho de otra manera, los organelos interactúan entre sí pero también dependen unos de otros.

Si creías que la célula era el dibujito que hacíamos en la escuela, te comparto el diagrama más avanzado hasta la fecha de la célula humana.

Es realmente maravilloso, ¿no? ¿Alguna vez te imaginaste a la Iglesia así? Puedes ver más imágenes en este link

Ningún organelo compite con el otro, sino que todos, cumpliendo su función, se sujetan unos a otros para mantener viva a la célula. No hay más o menos importantes. Todos avanzan hacia un mismo fin.

Entonces, ¿qué es ser iglesia?

Pienso que ser iglesia es simplemente tener la voluntad personal y la intención de ser cada día más consciente de la persona de Jesús, y actuar, tomar decisiones y responder en consecuencia.

Sí, necesitamos de los unos de los otros para aprender, crecer y ser transformados, y esto significa congregarse. Pero congregarse no tiene por qué tener la estructura de un “culto”. Podemos congregarnos (fíjense que NO estoy diciendo “ir a la iglesia” porque ya vimos que no tiene base ni fundamento esta expresión) sin música, sin ofrenda, sin luces. Lo único que se necesita para congregarse es un grupo de personas que reconozcan que no son nada sin Jesús. El resto es ruido.

Y para vos, ¿qué es ser iglesia?

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