10 cosas que Dios quiere enseñarle a la Iglesia en esta pandemia

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Hace más de 100 días que mi país está en cuarentena debido a la pandemia de COVID-19. Excepto los negocios de primera necesidad (como supermercados y farmacias) el resto debe permanecer cerrado y la gente debe evitar circular para no ser multados y/o denunciados. De más está decir que la pobreza, el desempleo y la inseguridad se acrecentaron. Las reuniones de Iglesia, de un día para el otro, debieron ser canceladas. De repente, nuestras vidas cambiaron su rutina y nos vimos sumergidos en una nueva realidad en la que el contacto físico en mala palabra, en donde no usar barbijo es un delito, y en donde estornudar fuerte (o contagiarse, o volver del exterior) es una sentencia al escrache público.

Y en el medio, nosotros, la Iglesia, nos preguntamos “¿Y dónde está Dios en esto?”, “¿Es esto parte del plan de Dios?”. Y debemos reconocer que a veces tenemos miedo de enfermarnos, y si no es a la enfermedad, le tenemos un poco de miedo a la post-pandemia y sus consecuencias.

Si estuviste ahí, no estás solo. Yo también tengo miedo a veces. No del virus, para ser honesta, sino de lo que clase política de nuestro país (y de varios países) está haciendo bajo la cortina de la cuarentena: expropiación de empresas, compra de alimentos y artículos de primera necesidad con sobreprecios (para lavar dinero), suelta masiva de presos, prohibición de algo tan básico y esencial como el derecho a trabajar,  muertes por violencia policial bajo el silencio de los medios de comunicación, la quita de los derechos y libertades individuales, etc. Me asusta y me sorprende la pasividad de la Iglesia ante estos hechos. Pienso en dónde quedó aquella Iglesia que juraba tomar el Congreso y las leyes cuando se debatió la ley de aborto, y que hoy se encuentra acobardada y escondida.

Muchos pastores y líderes se han escudado bajo la primera parte de Romanos 13, citando: “Tenemos que someternos a lo que digan las autoridades”, cuando el mismo pasaje en el versículo 3 da cuenta de la condición que deben cumplir los gobernantes para ser obedecidos y someternos a ellas. Leamos:

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.

De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.

Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella

La condición para someternos a la autoridad, es si los magistrados temen a Dios y favorecen a quien hace el bien. Este gobierno, ¿honra a Dios? ¿Saca leyes que son conforme al corazón de Dios? Dejo la conclusión de la actitud que debería tomar la Iglesia ante el buen criterio del lector.

 

¿Envió Dios esta pandemia?

Aclarado eso, ahora cabe preguntarse qué rol juega Dios en toda esta pandemia. Veamos: por un lado, no considero que la pandemia haya nacido del corazón de Dios. En el Nuevo Pacto, Dios no usa la enfermedad para castigar. Hay una regla muy fácil que suelo utilizar como uno de los principios para saber si algo es nacido de Dios o no, y es preguntarme: “¿Esto existe en el Cielo?” o también suelo preguntarme “¿Un buen padre haría esto?”. Si la respuesta es no, entonces es mi manera de pensar y concebir lo que está aconteciendo lo que tiene que cambiar para poder entender el corazón del Padre Celestial detrás de lo que está pasando.

Si es la pandemia es planeada, no planeada, si se originó en Wuhan o en un laboratorio, si está o no está Bill Gates detrás… todos esos son detalles que cada uno es libre de creerlos o no, pero que solo muestran una cosa: el mundo necesita más que nunca de Dios. Nadie sabe cómo se originó y mucho menos yo. Solamente sé que no nació del corazón de Dios. 

Ahora bien, muchas veces sucede que cuando pasan las cosas malas, Dios las utiliza para bien. No porque hayan nacido de Sí mismo, sino porque todas las cosas ayudan para bien a quienes aman a Dios (Romanos 8:38). Cada experiencia dolorosa nos enseña algo. Un buen padre quisiera que sus hijos nunca sufrieran, nunca se golpeen, nunca sean discriminados… pero sin eso doloroso, no se formarían el carácter noble y la empatía.

¿Pienso que Dios planeó esta pandemia? No, de ninguna manera. Pero sí, como Iglesia, podemos –y debemos– aprovecharla para bien. Nada va a ser igual después de la pandemia. La Iglesia tampoco. Pero ese cambio empieza por uno, por vos y por mí. De nosotros depende que las viejas estructuras vuelvan a erigirse cuando podamos volver a reunirnos, o que les digamos “Ya basta”.

¿Qué quiere Dios enseñarle a la Iglesia con esta pandemia?

#1 El verdadero significado de lo que es la Iglesia

Aclarado todo lo anterior, creo que Dios por muchos años y por muchos profetas intentó que la Iglesia finalmente entendiese que la Iglesia no es un templo sino que la Iglesia es cada uno de los miembros. Dios intentó que terminásemos con la religiosidad barata, con las peleas por lugares en el ministerio, por la jerarquía piramidal dentro de la Iglesia… Y la mayoría no lo entendió.

De repente, un día para el otro el templo de la Iglesia se cerró y empezamos a hablar a mirar a los vecinos no cristianos y finalmente entender que Dios nos llama a amarlos y servirlos tanto como a nuestros hermanos en Cristo. De repente, no nos quedó otra que pasar más tiempo con nosotros mismos y nuestra familia y Dios nos desafió a amarlos y servirlos. De repente de no querer levantarnos temprano los domingos para congregarnos a extrañar simplemente juntarnos a adorar. 

Esta cuarentena vino a forzarnos a hacer un curso acelerado e intensivo de todo eso. De repente, el templo de la Iglesia se cerró por tiempo indeterminado y finalmente comprendimos que la Iglesia es cada uno reunido con su familia en casa. Que servir a Dios es servir a quien tenemos al lado. Que el desarrollo de nuestra espiritualidad es tarea personal. Que en verdad podíamos solos con un montón de cosas. Que las enfermedades mentales y la depresión son reales y que necesitan ser tratadas como tal. Que sin obras, la fe está muerta. Que Dios sigue tan disponible para siempre ¡incluso cuando no nos congregamos! Y que si no nos congregamos un domingo, no pasa nada.

Muchos pastores se apropiaron de una Iglesia que siempre le perteneció a Dios. Y al hacer esto, formaron una estructura piramidal que nunca provino del corazón del Padre. Hasta que de repente, la Iglesia se cerró y se encontraron enfrentando sus propias realidades.

Algunos ministros se vieron obligados a reconocer que sus ministerios no estaban sostenidos por la fe sino por una buena oratoria, buen manejo de redes sociales, y buen manejo administrativo. Y esta pandemia vino a mostrarles que sin fe, no tenemos nada.

¿Estoy diciendo que no hay que congregarse? Para nada, la Biblia nos manda a congregarnos y es necesario ser parte de una comunidad de fe para poder crecer y desarrollarnos con más facilidad. Pero el problema es que muchas iglesias habían caído en un activismo extremo en el que la relación personal con Dios había sido reemplazada por el servicio a Dios. Entonces, teníamos líderes y pastores que no oraban, que no adoraban en intimidad, pero que servían un montón.

La Iglesia se había convertido en un ritualismo; el amar al prójimo, en después del culto saludar a los dos o tres que nos caían bien; el agradarle a Dios, en agradarle a los líderes… pero la Iglesia es un organismo vivo. Y Dios vino a enseñarnos con la pandemia que el único dueño de la Iglesia es Él.

El verdadero significado de ser Iglesia es comprender que el  altar para adorar a Dios está en nuestro corazón, que el desarrollo de mi relación con Dios no depende ni del pastor ni del líder: éstos nos enseñan, nos cuidan y nos guían, pero somos nosotros quienes podemos y debemos desarrollar nuestra espiritualidad y hacer que la misma crezca o decrezca. Es comprender que el servicio a Dios es ser útiles y de bendición en el lugar donde Dios nos plantó. Es la búsqueda de Dios sin ritualismos y formalismos, sino genuinamente. Es comprender que para adorar a veces no son necesarias la música y las luces. Y también es juntarnos nos domingos. Pero juntarnos los domingos no puede reemplazar a todo lo anterior.

Oramos durante años por una reforma en la Iglesia. Y acá está. Llegó de la manera menos esperada, pero Dios viene a cambiar nuestras formas, manera de pensar, y a hacernos ver que solo Él debe ser el centro de todo.

#2 La importancia de la quietud y el reposo

El activismo extremo en el que la Iglesia había caído, nos hizo creer que estar en reposo y en quietud era un pecado, o que si no estabas evangelizando activamente o sirviendo, no estabas agradándole a Dios. El problema con esto es que por un lado, es mentira. Y segundo, que hay procesos y situaciones que necesariamente requieren quietud y reposo.

Una buena autoexaminación requiere una pausa. No podemos saber qué nos está pasando si vivimos a full. Las pausas también son necesarias para relacionarnos con Dios. Muchos sienten que no están orando más tiempo, pero sí están orando más sinceramente que nunca. Y eso solo lo hace el reposo y la quietud.

Para muchos, esta pausa sacó a la luz la depresión y la angustia que tanto tiempo escondieron detrás del servicio, del activismo, del vivir acelerados… Y no es que la cuarentena necesariamente sea la culpable (si bien hay casos que sí), pero hay algunos casos en que esta pausa vino a exponer lo que estaba gritando dentro del corazón hacía años, pero tapábamos todo el tiempo. En este tiempo, muchos se están dando cuenta (o lo harán en el futuro) de que tienen que pedir perdón.

Para sanar, primero hay que exponer. Sigo creyendo firmemente que este año va a estar marcado por la sanidad. Pero para que algo pueda recibir sanidad, primero tenemos que saber qué nos pasa.

Algunos otros se sienten mal porque siempre creyeron que cuando tuviesen tiempo iban a orar más, leer más la Biblia, tomar un curso, ser más productivos, etc. y se encuentran desanimados a hacer algo ahora que tienen el tiempo que tanto quisieron. Y si te sentís así, quiero decirte que no está mal. Son tiempos raros y cada uno los analiza como puede. Preguntate: “¿qué me quiere enseñar este desánimo?”, “¿qué me pasa cuando no estoy siendo productivo?”

Vivimos en una sociedad en la que ser extrovertido y productivo es catalogado como “exitoso” y ser introvertido y pasivo, todo lo contrario. Yo creo que ambos extremos son malos. La espera, el reposo y la lentitud son virtudes tan válidas como el activismo.

“En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Isaías 30:15)

Aprovechemos este tiempo en pausa para autoexaminarnos y procesar lo que sea que tengamos que procesar. Si necesitamos ayuda, pidámosla. Pero no nos peleemos más con procesos inconclusos.

#3 A ser una respuesta ante la necesidad

He escuchado a pastores evangélicos decir que la acción social era “cosa de los católicos” o que “los católicos lo hacen mejor”. No me consta si lo decían despectivamente o no, pero –sacando excepciones que han hecho un trabajo excelente de acción social en los últimos años–, la mayoría de las iglesias evangélicas han estado un poco “vagas” al respecto. Nos importaba más comprar la última cámara, las mejores luces, los mejores micrófonos y parlantes, pintar la iglesia ¡Y eso no está mal! Pero lo que está mal es que esas cosas nos importen más que ayudar a los necesitados. Nos enfocamos tanto en eso de que somos salvos por fe y no por obras, que nos olvidamos que Jesús nos llamó a todos a no olvidarnos de los pobres.

“¡Pero hay algunos que cobran planes sociales y tienen para tomar alcohol y no para comer!”, me dijeron algunos cuando les dije que estaba organizando una olla popular en mi barrio. Y es cierto. Pero si al mismo Jesús lo seguían por los panes y los peces, ¿por qué habría de ser diferente con nosotros? Fuimos llamados a ser el cambio. Si seguimos enfocando nuestra atención en las excusas y en los peros que podemos llegar a tener, seguiremos siendo una Iglesia que no tiene influencia en nadie. Las obras no te hacen salvo, es cierto; pero las obras a veces le dan autoridad a lo que predicás y creés. 

“¿Y dónde está la Iglesia ahora?”, es el reclamo de muchos ateos y agnósticos en medio de esta pandemia. Y tienen razón. Amo ver que muchos cristianos que no son ni líderes, ni músicos, ni pastores, ni tienen ningún “cargo” dentro de las iglesias locales, fueron los primeros en arremangarse y poner manos a la obra y darnos cátedra de que es la Iglesia la que debe dar una respuesta en tiempos de crisis. Muchos se organizaron para organizar ollas populares, dar viandas de comida, llevarle alimentos a los enfermos, etc.

Los evangélicos siempre nos quejamos de ser minoría, al menos en Argentina. Ahora, la sociedad se volteó a ver a la Iglesia y está demandando una respuesta ¿Vamos a darla o vamos a escondernos? ¿Vamos a ser una luz en estos tiempos de tinieblas?

Yo sé que son tiempos difíciles. Sé que no hay plata ni trabajo. Pero no es necesario hacer algo gigante para ser de bendición para otros. Por más “pequeño” que sea, podés ser la luz que ilumine el día de una persona. ¿De qué forma podés ser una respuesta ante la necesidad?

#4 A exponer dónde está puesta nuestra confianza

En épocas de “vacas gordas”, es fácil gritar en la iglesia que Dios es nuestro todo, que nada nos falta, que estamos completos en Él… ahora, en tiempos como los actuales es mucho más difícil confiar con esa seguridad.

Tenemos miedo de que nos falte, de perder el empleo (si es que ya no lo perdimos), de no tener suficiente para llegar al otro día. Muchos pastores tienen miedo de no poder cubrir los gastos de mantener una iglesia que hace tres meses no recoge ofrendas. Muchas familias tienen miedo de no proveer a sus hijos. Muchos dejaron de hacer comprar mensuales para hacer compras semanales o diarias. Ahora todos empezamos a cuidar más los precios y ya no tiramos la comida que sobra.

Quienes creían en Dios, a veces se ven desanimados. Quienes no creían en Él, empezaron a creer. Es un tiempo para ser ensanchados en la fe para poder decir “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.” (Filipenses 4:12)

“No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:31-33)

Sigamos confiando en que Él no nos va a dejar faltar el pan. Quizá no podamos planificar mes a mes como antes, quizá ahora vivamos día a día. Pero nuevas son Sus misericordias cada mañana y Su Palabra es fiel y poderosa, viva y eficaz.

Respecto al miedo a enfermarse, me sorprende ver a cristianos sumergidos en una atmósfera cuasi de terror. Pero fuimos llamados a temerle solo a Dios. Si le tememos a Dios, no le tenemos miedo a nadie ni a nada más. Pero no podemos tener miedo al virus y a Dios al mismo tiempo. El mismo Dios que tocaba a los leprosos y los sanaba, habita en vos. Toda enfermedad ya fue vencida en la cruz. No podemos permitir que el miedo nos domine y nos controle.

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18).

Esta pandemia está mostrando en dónde teníamos anclada nuestra esperanza.

#5 La importancia de tener un corazón agradecido

Dábamos por sentado el juntarnos cada domingo, el tener cada día para comer, la vida, la familia, el poder salir a tomar un café, el trabajo, la casa… y de repente todo eso se volvió incierto. A cualquiera de nosotros, si nos hubiesen dicho en 2019 que salir a la calle iba a ser un delito, hubiésemos pensando que era un disparate. Nadie la vio venir.

Ahora, tras tres meses de encierro, comenzamos a agradecer por todo eso que antes dábamos por sentado y suponíamos que jamás iba a pasar. La oración por los alimentos dejó de ser una oración automática y ahora verdaderamente agradecemos poder tener un plato de comida caliente. Realmente agradecemos por nuestra salud y la de nuestra familia, y si no la tienen, clamamos para que la tengan.

Salimos del piloto automático y nuestro corazón empezó a comprender la importancia de la gratitud.

#6 A tener una relación genuina con Dios

Estamos dejando atrás los formalismos en nuestra relación con Dios y empezamos a orar genuinamente. A darnos cuenta que lo único importante de la Iglesia era juntarnos a adorar y escuchar un mensaje, y que lo demás era relleno. A ser más humildes y reconocer que si algo somos, es por gracia. Que nada nos pertenece y que nada nos vamos a llevar.

En síntesis, estamos aprendiendo a ser más genuinos y transparentes con nosotros mismos y eso necesariamente nos lleva a tener una relación más sincera con los demás, incluido Dios. Estamos dándonos cuenta que por mucho tiempo juzgamos a las personas por pecar como nosotros. Y eso nos llevó a crear divisiones y discordias dentro de la Iglesia.

De nada sirven las luces y la fama, si no estamos sostenidos por el poder de Dios en la intimidad de la oración. Ya pudimos comprobar que todo puede cambiar de un segundo al otro.

#7 La importancia de la familia

Muchos ministros se encontraron de repente encerrados con una familia a la que quizá habían descuidado por tanto servicio en la Iglesia. Muchas personas se habían enfocado tanto en servir “a los demás”, en el trabajo, en la rutina, que se olvidaron del servicio a las personas más importantes: los miembros de tu familia.

Amar y servir a tu familia es tu llamado principal. Es un tiempo en donde muchas cosas salen a la luz y puede haber muchos conflictos, pero es ahí donde somos limados, donde vemos cosas de nuestro carácter que tenemos que cambiar. Recordá que el otro es nuestro espejo (Romanos 2:1) y lo que te molesta del otro, es porque está en vos.

Es tiempo de que los padres pasen tiempo con sus hijos y los conozcan de verdad, y viceversa. No puede existir tal cosa como un ministro que no cuida de su familia (1 Timoteo 3).

Muchos también se están dando cuenta de lo importante que es cuidar sus casas, porque empezaron agradecer por ella y a dejar de darla por sentada. Se dieron cuenta que habían descuidado el hogar que los acoge todos los días, y empezaron a pintarla, decorarla, hacer arreglos pendientes hace años, a limpiarla, etc. Y eso no es menos espiritual que la oración o el servicio a Dios.

Es un discordias debido a la convivencia, pero también es un tiempo de reconciliación.

#8 A adorar genuinamente

De repente los músicos se encontraron sin audiencia y tuvieron que volver a adorar en soledad. 

Una de esas cosas que hacíamos en piloto automático, era la adoración. A veces, hasta calculábamos a qué hora llegar a la iglesia para llegar justo en el mensaje y evitarnos el tiempo de alabanza, ¿quién no lo ha hecho?. Hoy que extrañamos tanto congregarnos, ¡nos arrepentimos tanto de hacer eso!

Pero estamos dándonos cuenta que para adorar a Dios no se necesita música. Que a veces adorar a Dios es seguir creyéndole, que a veces la adoración es creerle a Dios con lágrimas en los ojos. Creo que cuando los templos finalmente abran y podamos reunirnos todos, vamos a adorar mejor y más que nunca.

#9 La verdadera unidad 

De repente los pastores se encontraron sin ovejas y tuvieron, necesariamente, que mirar para adentro y examinar su propia espiritualidad. De repente los líderes ya no se pelean a ver quién lleva más ovejas cada domingo, y se juntaron a orar con otros pastores por Zoom. De repente las peleas por ver quién ocupa qué lugar del liderazgo quedaron desdibujadas. 

Esta pandemia nos hizo dejar de lado nuestro propio egoísmo y comprender que es más importante lo que nos une con otros pastores e iglesias que no tienen nuestra misma doctrina y cultura, que lo que nos separa. Me sorprende gratamente ver a pastores llamando a reuniones de oración con otras iglesias, a congregaciones ayudando económicamente a otras, a gente que se suma con sus vecinos cristianos que van a otra iglesia para hacer algo por el barrio.

Dios ya nos lo había pedido de mil maneras, y algunos lo habían comprendido, pero tuvo que pasar algo así para que masivamente muchos se animen a dejar diferencias de lado. Siempre va a haber un remanente que no lo entienda y use este momento para pelearse con los demás, pero son cada vez menos.

#10 A prestarle más atención a nuestra psiquis

A todo esto, hay mucha gente que la está pasando muy mal. Y me refiero a cristianos. La depresión y el desánimo que por tantos años tratamos de ocultar bajo el ministerio, la imagen pública y el servicio en la Iglesia, de repente ya no puede ser escondida en ningún otro lugar y muchos creen que perdieron la batalla contra ella y otros males de índole psicológico y espiritual. Si sos uno de ellos, te entiendo. Estuve ahí. Sé que la depresión y la ansiedad son dos gigantes que a veces parecen imposibles de vencer. Pero hay esperanza. Dios sigue siendo más grande que ellos. Seguís siendo Su Hijo. Y Dios no te ama por lo que hacés, sino por lo que sos. Así, roto como estás, Dios te ama y quiere llenarte de fe.

Por muchos años, la Iglesia minimizó la depresión. Y la mantuvo atrapada dentro de las personas con las cadenas de la vergüenza. Pero ya no debe ser más así. Desarrollé más de ese tema en este artículo.

Esta cuarentena está mostrando nuestras sombras, las partes de nosotros que no nos gustan, las flaquezas de nuestro carácter, nuestras debilidades, la calidad del amor que le damos a los demás… Sigo pensando que el 2020 es un año de sanidad. Porque para que haya sanidad, primero las heridas deben ser expuestas y limpiadas, y la pandemia vino a hacer eso: a obligarnos confrontar al “monstruo” al que le teníamos tanto miedo.

Este es un tiempo de mirar hacia adentro, de bajar la velocidad, de examinar lo que realmente queremos y lo que ya no, de pensar en el otro ya no como un enemigo sino como una persona con un desarrollo espiritual diferente al mío (ni mejor, ni peor) para tratar de no juzgarlo y comprenderlo. Por eso es un proceso tan personal. Porque quizás te tengas que autoexaminar en algo que el otro no, y viceversa.

*

En síntesis, ¿qué quiere enseñarle Dios a la Iglesia en esta pandemia? Que la Iglesia tiene que ser un hospital de almas y no una estructura jerárquica. Como dice Dante Gebel, la Iglesia tiene que ser un lugar donde la “gente rota” se sienta a gusto, un lugar donde entre cualquiera, en donde el pecador no sienta que tiene un tiempo límite para que el Espíritu Santo lo toque, lo cambie, lo procese… Y las iglesias locales que así no lo fueren, terminarán siendo siempre los mismos congregantes y no crecerán, o finalmente desaparecerán. Esta pandemia vino para que todos nosotros finalmente reconozcamos que si algo somos o algo alcanzamos, es por gracia. Dios quiere enseñarnos que o crece Él o crecemos nosotros. Quiere enseñarnos que la gente de verdad importa, y no son solo un número más.

Son tiempos raros, sí. Se vale tener miedo de ratos. Pero no te merecés vivir en el miedo de forma permanente. Sigamos llevando esperanza a quien ya la perdió totalmente. Todas las cosas no ayudan para bien a quienes amamos a Dios ¡Dios sigue siendo fiel!

¿Qué cosas te está enseñando Dios a vos en esta cuarentena?

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