Sepulcros blanqueados del siglo XXI

Sep

Alerta de blog extremadamente crudo, real y honesto. Religiosos might be offended.

En los últimos meses me ha sido muy difícil responder algo tan simple como “¿Cómo estás?” El año pasado sentí que me pasó un torbellino por encima. Para resumir en pocas palabras lo que me sucedió, voy a decir simplemente que la persona a quien consideré mi padre espiritual durante 5 años, tuvo varios intentos de abuso sexual contra las mujeres que trabajábamos para él -yo incluida-. Tenía una personalidad psicópata y narcisista, aunque esto lo descubrimos después, cuando la verdad empezó a salir a la luz.

Todo esto obviamente me dejó absolutamente confundida y profundamente lastimada. De hecho, durante más de dos meses todo lo relacionado con la Iglesia o el ministerio me llenó de asco. No me da vergüenza decirlo. No podía siquiera escuchar una simple alabanza. No estoy hablando de mi relación con Dios: lo que me causaba tanto rechazo era todo lo relacionado a la liturgia cristiana. Me sentí engañada, usada y con el peso de un adoquín adentro del corazón. No quise hablar respecto a lo que pasó durante más de dos meses. Directamente me cerré y necesité ese espacio para procesar todo lo que pasó. No pude empezar a hablar inmediatamente.

Me llevó mucho tiempo reconocer el abuso. Como persona empática, cuando el hecho pasó justifiqué a mi victimario (a.k.a. mi padre espiritual) con “se confundió”, “es que no lo conocen como yo”, “eso no es lo que quiso hacer”, “está estresado”, y otro sinfín de excusas que en el fondo ni yo creía. Era tanta la vergüenza que sentía que no compartí lo que él intentó hacer conmigo hasta incluso después de que otras chicas empezasen a confesar cosas similares. Y cuando ellas hablaron, defendí a mi victimario. Lastimé mucho a otras personas que habían visto la verdad antes que yo, a pesar de que él y yo sabíamos que él me había hecho pasar por lo mismo a mí también. Gracias a Dios, cuando llegó el momento de ver la verdad por mí misma, ellas pudieron comprender y perdonarme y hoy son quienes más me acompañan en este proceso largo de sanidad que tengo por delante. Pero no me da vergüenza decir que me comporté muy mal. Pienso que solo quien haya atravesado una situación similar puede entender el porqué de mi silencio y de mi actitud.

En esa epifanía en la que comprendí que yo también había sido víctima de esta persona, me di cuenta de que -y lo digo con un gran pesar- la Iglesia había dejado de ser mi lugar seguro. Y esto lo digo como pastora. Líderes y pastores a quienes les abrí mi corazón en amistad, se dieron vuelta y me culpabilizaron por lo que pasó, sin comprender lo que conté en el párrafo anterior. La persona con la que más abrí mi corazón en los últimos años llegó a decirme que parte de mí había “jugado” con la perversidad de mi victimario, culpabilizándome a mí por lo que pasó. Amistades cristianas que no comprendieron mi forma de procesar lo que me pasó y mi silencio, me juzgaron y dejaron de escribirme, como si yo hubiese hecho algo malo. Personas a quienes en su momento confié como para contarles cosas que estaba atravesando, se dedicaron a ir casa por casa a tirar mi reputación por el suelo inventando cosas y juzgándome por cosas que hice en el pasado, olvidándose de que de la misma forma en la que juzgamos vamos a ser juzgados. Me quedé sola. Éramos, otra vez, solo el Señor y yo.

Mi primera gran decepción había sido con mi victimario. Mi segunda gran decepción fue darme cuenta que no tenía ningún lugar seguro al que acudir. Y ya no lo digo con enojo. Me dolió mucho al comienzo, sí. Pero los entiendo porque ni ellos ni sus hijos o amigos atravesaron nunca algo así (y de corazón espero que nunca les pase). Yo reconozco todo lo que hice mal porque procesé de la manera en la que pude, con las herramientas que tuve. Creo que nadie está preparado para darse cuenta que la persona con la que trabajaste y acompañaste 5 años resulta ser una mentira, y descubrir que te abusó y te manipuló. Por causa de la segunda decepción, me volví a cerrar. Acoracé mi corazón de -si es posible- una capa incluso más gruesa. Y esto no lo digo porque esté bien, lo menciono simplemente porque avisé que iba a ser un blog extremadamente vulnerable.

Dejé de congregarme, de escuchar alabanzas, de hablar con mis amistades cristianas, de todo. No me “fui al mundo” ni empecé a pecar deliberadamente, pero me cerré completamente a las cosas de Dios. Sin embargo, fue en ese momento de soledad cuando el amor de Dios, otra vez, volvió a golpear lentamente esa coraza que había detrás de mi corazón. Y a poco la coraza fue resquebrajándose…

Tuve que reconocer un gran enojo contra Dios, para luego poder comprender que nada de esto era Su voluntad. Dios es bueno. Punto. Pero no pude percibir esa bondad hasta que admití mi enojo contra Él. Ese es el poder de la confesión y la oración sincera. Estoy lejos de poder decir que estoy bien, pero estoy redescubriéndome a mí misma y a la persona de Dios. Volví a congregarme y a encontrar felicidad en el servicio a Dios y a la Iglesia.

Cuando pude vislumbrar la bondad de Dios, me di cuenta que no estaba sola: alrededor mío había personas que me aman sin necesidad de dar explicaciones. Estoy aprendiendo a confiar otra vez en amistades y en líderes y pastores y eso me confronta todo el tiempo con mis miedos. Hay días en donde estoy muy bien y otros días donde no quiero siquiera salir de la cama y peinarme. Y está bien. No me peleo con el proceso que estoy atravesando y hoy comprendo que si hay dolor es porque amé y me comprometí de verdad.

No te voy a decir qué hacer cuando te pasa algo similar a lo mío porque cada uno procesa de forma diferente. Pero si me permitís darte dos consejos, son estos: enojarte contra Dios solo te hace daño a vos mismo, y nada de lo que pasó es tu culpa ni lo atrajiste porque hay algo malo en vos. Tuve que aprender a alejarme de personas a quienes amo mucho pero me hicieron creer que había algo “perverso” en mí o que “jugó con la perversidad” de mi victimario, porque eso no es lo que me diría Jesús ni lo que esas personas le dirían a sus propios hijos. De hecho, los psicópatas, como mi victimario, eligen a sus víctimas y las estudian para convertirse en lo que la víctima siempre quiso, ofreciéndoles seguridad, estabilidad. La víctima no es perversa: el victimario fue tan perverso como para fingir ser la persona que la víctima necesitaba. 

Pero la cultura de la Iglesia necesita cambiar. No digo que esto aplique para todas las iglesias de todo el mundo, de hecho estoy conociendo gente que no le tiene miedo a ser REALMENTE VULNERABLES, pero viajé mucho y conozco bastante la cultura de la Iglesia latinoamericana como para poder decir que tenemos un problema con lo que la Biblia llama “sepulcros blanqueados”

Mateo 23:27-28:

¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. Así también ustedes, por fuera dan la impresión de ser justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.

En mi experiencia, la Iglesia -vuelvo a repetir, no hablo de todos, sino de la mayoría- no sabe lidiar con la vulnerabilidad y transparencia. ¿Alguna vez te pasó de decirle a alguien de la Iglesia “Estoy deprimido 90% del tiempo y no tengo ganas de salir de la cama”? ¿Cuál fue la reacción?

Lamentablemente, la clase de “vulnerabilidad” con la que la Iglesia está dispuesta a lidiar es del tipo “Sí, soy cristiano y a veces peco”, pero no del tipo “Amo a Jesús, pero tengo un trastorno bipolar debido a que fui violada en mi infancia y ahora todas las relaciones que tengo están terriblemente afectadas por lo que me pasó hace 20 años… por favor, ayudame porque quiero sanarme pero no sé por dónde comenzar.”

Pero ESOS son los problemas REALES y AUTÉNTICOS con los que la gente lidia. Y eso incluye a líderes y pastores. Podés subir fotos a Instagram mostrando lo perfecta que es tu vida, tu familia, tus hijos, lo sano que comés, lo mucho que entrenás, los hermosos devocionales que hacés, lo bien que te vestís y lo bien que organizás tu casa. De hecho, podés usar ropa más cara que las Kardashian, viajar más que Marley, comer más sano que Cormillot, y acomodar tu casa mejor que Marie Kondo pero PODÉS SEGUIR ATORMENTADO, LASTIMADO Y ROTO POR DENTRO.

Y lo sé porque ESTUVE AHÍ. Yo también fui un sepulcro blanqueado.

Ser un sepulcro blanqueado es aparentar que todo esté bajo control por afuera, pero estar muriéndote por dentro. ¿Pero por qué pasa esto? Porque la Iglesia tiene un problema con los sepulcros blanqueados que quieren lavarse y dejar de serlo.

No se ustedes, pero yo no puedo seguir viviendo en esa clase de cristianismo y te pido que si vos tampoco, entonces salgas de esa fachada de tenerlo todo bajo control. No te preocupes: yo también estoy en recuperación. Estoy sanándome de problemas REALES, CRUDOS y FUERTÍSIMOS. Sufrí daño espiritual, emocional y mental. Quiero que sepas que estuve tres meses llorando todos los días y que recién hace un mes que puedo mirar a mi realidad y enfrentarla porque antes no tuve las fuerzas. Estoy invirtiendo muchísimas horas recibir sanidad del TRAUMA, yendo a terapia y confesando cómo me siento, ya sin temor al qué dirán. Y por sobre todas las cosas, estoy siendo REAL con Dios y conmigo misma.

Así que este es el trato: como ya dije, la Iglesia tiene un problema con la mentalidad perfeccionista (o sea, sepulcros blanqueados), pero la forma de arreglar esto es SIENDO REALES LOS UNOS CON LOS OTROS. Y eso es algo que asusta.

Cuando sos real con las personas y comenzás no escondiendo el hecho de que tenés problemas grandes y reales, algunos (los religiosos o sepulcros blanqueados) no van a querer saber más de vos o de tus problemas. Algunos hasta te van a decir que “Wow, sos muy dramática.” Probablemente pierdas a personas que pensaste que eran tus amigos, pero está bien porque si no saben lidiar con lo que está pasando en tu vida entonces nunca amaron a tu verdadero vos. ¿No preferís tener gente en tu vida que te ame por quién sos, incluso cuando estás hecha un lío? Es así como nos ama Jesús y como deberían amarnos quienes se hacen llamar amigos.

No sé vos, pero yo prefiero estar sola antes que estar rodeada por un montón de gente que dicen que me aman pero que ni siquiera son capaces de levantar el teléfono o mandarte un WhatsApp después de decirles que no estás bien, o que te pasan factura sin tener un mínimo de empatía por lo que te pasó.

Hagamos algo juntos: ¿podemos dejar de decir que estamos bien cuando no lo estamos? ¿Podemos dejar de pretender que todo está bien cuando no lo está? ¿Podemos dar de la gracia de Dios al otro cuando está siendo vulnerable con nosotros? Empieza por vos y por mí. Empieza sobre todo por los líderes y pastores. Pero necesitamos hacerlo juntos. Porque si lo hacemos juntos, entonces podemos cambiar la cultura de la Iglesia. Somos la Iglesia, ¿amén?

 

 

Pd: No voy a dar el nombre del victimario. Quien me conoce, sabe a quién me refiero. De todas formas, no se preocupen: ya está lo suficientemente “desarmado” como para no volver a lastimar a nadie más. Quienes tienen que hacerse cargo de lo que pasó son él y su familia. No me corresponde a mí.

 

3 comentarios sobre “Sepulcros blanqueados del siglo XXI

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