Los “mientras tanto” de Dios

Originalmente subido el 3/2/2017

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Las personas que me conocen saben que tiendo a ser un poquito demasiado organizada con mis cosas. Sé exactamente adónde quiero llegar y lo que tengo que hacer para alcanzarlo. Me gusta llevar un registro de mis días, tener agendas, cuadernos, listas de cosas para hacer… Lo siguiente suena muy obsesivo –lo acepto–, pero me genera tranquilidad ver escritas todas las cosas que tengo que hacer en el día e ir tildándolas mientras las voy alcanzando.

Por supuesto que esto aplica para mi vida profesional, pero quien camine con el Señor sabrá que en el Reino de Dios no siempre una cosa sucede tras la otra. Por más lista de cosas para hacer que hagamos, entre una temporada y la otra siempre hay un espacio en el medio. Suelo llamar a ese tiempo el “mientras tanto”.

Jesús tuvo su “mientras tanto” en la carpintería. Sabía de dónde venía y hacia dónde iba, conocía su destino… pero mientras tanto debía lijar madera y armar muebles. El apóstol Pablo también lo tuvo en los tres años que pasó en Arabia después de su encuentro con Jesús. Sabía que era llamado a hacer apóstol, pero mientras tanto, debía aprender las Escrituras, predicar, y reeducarse en el caminar cristiano. El rey David había sido ungido como rey de Israel por el profeta Samuel, pero mientras tanto tenía que pastorear ovejas y servir a Saúl. De hecho, desde su ungimiento como rey y su asunción como tal, ¡pasaron 40 años! Solo estoy mencionando algunos ejemplos, pero sobreabundan en la Biblia.

¿Qué quiero decir con todo lo anterior? Que siendo una persona tan organizada, tan “a+b=c”, quiero ver resultados rápidamente en todo y a veces me olvido que con Dios no funciona así. La mayoría de las veces Dios te va a decir adónde quiere que vayas, pero no te va a decir cuándo ni cómo.

Hace poco más de un año y medio que hice un cambio de perspectiva, y quiero compartirla con vos. Antes de este “cambio de chip”, no saber qué rumbo tomaría mi vida ni en qué lugar Dios quería usarme me generaba muchísimo temor e inseguridad. Veía que otras personas la tenían tan clara respecto a su llamado, que no saberlo con exactitud me provocaba mucha tristeza. De hecho, llegué a pensar que no tenía tal cosa como un llamado de parte de Dios.

Respecto a este tema, hay personas que desde que nacen (¡o desde antes de nacer!) tienen un llamado muy evidente a cierto sector de la Iglesia. Esto es visible, por ejemplo, en esos niños prodigio que saben tocar todos los instrumentos y cantan como ángeles desde que aprenden a caminar o a hablar. Por otro lado, hay personas –sobre todo los que se convirtieron al Señor de grandes– que no tienen ni idea de dónde están llamados en la Iglesia. Yo siempre pertenecí al segundo grupo.

¿Existe tal cosa como “un llamado de Dios”? Sí y no: existe en el sentido que todos fuimos llamados a predicar el Evangelio a toda criatura –la famosa Gran Comisión de Mateo 16–. No existe en el sentido de que siempre vamos a estar haciendo lo mismo toda nuestra vida –salvo raras excepciones–… y es que TU LLAMADO NO ES TU IDENTIDAD, PORQUE TU LLAMADO NO ES LO QUE TE DEFINE. Tu llamado es a cambiar al mundo llevando el mensaje de Cristo, pero la forma en la que lo hagas va a cambiar todo el tiempo.

Si creés que tu llamado es tu identidad, entonces no vas a saber compartir todo lo que sabés con las nuevas generaciones, ni tampoco vas a animarte a cambiar cuando Dios te diga que quiera usarte en otra área. Yo soy Selene. No soy “la pastora Selene.” Mi identidad es ser hija de Dios, y como tal, voy a hacer lo que sea que Dios me pida. Hoy me pide pastorear. En unos años, no lo sé.

A los 20, cuando recién me había convertido, Dios me usó como evangelista (y evangelicé en las calles varios años). A los 23, Dios me usó como profesional. A los 24, empecé a ser líder de alabanza. A los 25, Dios me llamó a trabajar para una escuela de Biblia y comencé a viajar por el mundo. A los 27, fui nombrada como pastora.

Entre todos esos “hitos”, hubo grandes mientras tanto. Abundaron las lágrimas, las decepciones, gente que se alejó de mi lado y gente que me levantó cuando me caí… y también abundaron la duda y el temor. Sabía que Dios me estaba usando, pero tenía la duda constante de no saber si lo que estaba haciendo era exactamente la voluntad de Dios. Me aterraba estar haciendo algo equivocado o avanzar en lugares donde Dios no me estaba llamando, hasta el punto de la depresión.

Cambié mi manera de pensar cuando dejé de disfrazar mi temor de fe reverente.

Mi desesperación por “conocer la voluntad de Dios” era miedo a equivocarme; era incredulidad y era un desconocimiento total de la persona de Dios. Si entiendo que Dios es mi Padre y que Él está lleno de bondad para con sus hijos, entonces voy a confiar en dos cosas: primero, en que si no estoy haciendo Su voluntad, Él me lo va a hacer saber; y segundo, en que si me equivoco, Él me va a restaurar y no me va a dejar en vergüenza.

Los hijos de Dios viven bajo “una luz verde”, en el sentido tienen la aprobación de Dios para hacer todo lo que deseen… y si por esas casualidades de la vida se equivocan y están yendo por un lugar en donde Él no los mandó, Dios va a intervenir y se los va a mostrar.

Los discípulos no oraron diciendo, “Señor, mostranos si ir a evangelizar a este lugar es Tu voluntad.” Directamente lo hacían. Cuando estaban yendo hacia Asia, no era voluntad de Dios que fueran a esa zona, y entonces el Espíritu Santo intervino: “Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia. (Hechos 16:6). El mismo concepto aplica para tu vida.

Tu “mientras tanto” puede dejar de ser doloroso y angustiante si decidís confiar y reposar en la bondad de Dios. Mi llamado (al igual que el tuyo) es mostrarle al mundo el amor de Dios. La manera en que lo hagas puede ser siempre la misma o –como es en mi caso– ir cambiando con el correr del tiempo. Disfrutá tu “mientras tanto”, confiando en que estás haciendo la voluntad de Dios si lo servís de corazón y con mucho amor. Son esas pequeñas elecciones de todos los días las que te van a conducir a grandes destinos. Y al fin y al cabo, es ese caminar en silencio la mejor parte de todo el viaje.

Dios no te mintió. Él sí te llamó a cosas grandes, aunque mientras tanto solamente estés limpiando los baños en la iglesia y sientas que nadie te ve. Si hacés pequeñas cosas con mucha fe, Él va a promoverte. Descansá sabiendo que Él ve tu corazón aunque los líderes quizás no lo hagan. Y sobre todo, disfrutá de esos momentos, porque no vuelven. Y es que el mientras tanto, es la mejor parte del viaje.

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