Cuando Dios nos abandona

cuando dios nos abandona

Originalmente subido el 11/8/2016

 

¿Alguna vez te sentiste abandonado por Dios? He llegado a la conclusión de que la mayoría de los que tenemos un llamado al ministerio y nos vemos involucrados en la vida de Iglesia, probablemente no nos animemos a responder honestamente la pregunta. ¿Qué pasa cuando sos el “ancla” para muchas personas y de repente sos vos el que tenés una crisis en la fe; y en lugar de tener respuestas, comenzás a ser vos el que se plantea estas preguntas?

Exactamente esa es mi experiencia. Verdaderamente creí que Dios intervendría en mis circunstancias pero terminé sintiéndome aislado y solo; abandonado por Aquel que sabía que levantaba mi cabeza. No puedo expresarte la cantidad de pena y dolor que ese momento de crisis me causó. Ahora era yo el que debía desenmarañar mi fe.

Me gustaría compartirte una parte de mi libro, Disillusioned: A Journey from Certainty to Faith, acerca de Juan el Bautista y la desilusión que tuvo con su experiencia personal con Jesús:

Y ahí estaba el mensajero del Señor, descrito según el evangelio de Lucas como el primo de Jesús: Juan el Bautista. Su nacimiento, así como el de Isaac en el Antiguo Testamento y el de Jesús en el Nuevo Testamento, fue fruto de un milagro. Él sería el elegido para preparar el camino del Señor, y su mensaje sería el de proclamar el arrepentimiento, y bautizar a los que creyesen. Tenía una horda de seguidores:  “Toda Judea, y la región entera de los alrededores del Jordán iban a su encuentro.”, dice Mateo en su capítulo tres. Luego en Mateo 4, dice que fue Juan el que proclamó que Jesús era el Hijo de Dios. Después de bautizar a Jesús en el Jordán, “Los cielos se abrieron y Juan vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre Jesús. Y una voz proveniente de los cielos dijo, ‘Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia’” Uno podría imaginar que, como un hombre a quien Dios usó para anunciar a Su Hijo, como una persona cuyo mensaje e incluso su manera de vestir eran una reminiscencia al profeta Elías, como aquel que trabajó incansablemente para traer el Reino de los Cielos a la tierra, Juan tendría un acceso especial a Dios. La efectividad de Juan para llevar a la gente al arrepentimiento y a la reverencia a Dios, siempre me parecieron una señal de que Dios estaba respaldando su misión y su trabajo –y por extensión, mi propia efectividad me hacía sentir el respaldo de Dios–. Pero luego, Juan denuncia a Herodes, el gobernante de Judea, por tener un romance con la esposa de su hermano. Como consecuencia, y quizás por el temor generado por la influencia de Juan sobre las masas, Herodes lo encarcela. Para empeorar la escena, la hija de la esposa de Herodes le exige el cumplimiento una promesa que éste le había hecho: darle lo que sea que ella quisiera. Ella le pidió la cabeza de Juan. En ese momento, Jesús estaba viajando a través de Galilea y haciendo milagros. Sanó al siervo del centurión y calmó las tormentas. Hizo que el paralítico caminase nuevamente, y abrió oídos sordos y ojos ciegos. Desde la prisión, Juan oyó acerca de esto, y le envió un mensaje a Jesús: “¿Eres Tú aquel que habría de venir, o debemos esperar por otro?”

Es una pregunta muy extraña, si consideramos que Juan había sido quien había bautizado a Jesús; y no fue hasta que comencé a sentirme solo y a experimentar que Dios no estaba respondiendo el clamor de mis oraciones que empecé a entender desde una nueva perspectiva este momento que tuvo Juan el Bautista. Me imaginaba a Juan sentado en su celda, sabiendo que estaba a punto de ser ejecutado; y al Mesías viajando y haciendo milagros para extraños y pecadores, aparentemente ignorando su situación. En lugar de enviarle un mensaje prometiéndole apoyo o rescate, o en vez de hacer un milagro por el bien de Juan –algo como, “Te voy a salvar, contá con eso.” –, Jesús envía un mensaje confirmándole todas las cosas que Él estaba haciendo por los demás, y algo que se convertiría en una de las mayores doctrinas de la fe cristiana, pero que no evitó que Juan muriese en las manos de Herodes: “Los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son limpiados, y a los pobres les es anunciado el evangelio.” Y el versículo 6 arroja: “Y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.” Prácticamente, Jesús le dijo: No voy a hacer lo que vos estás esperando que Yo haga, pero no pierdas la fe.

Puedo imaginarme la manera en la que esas palabras resonaron en los oídos de Juan: huecas y desilusionantes. Puedo ver las expectativas de quien Jesús era y su lugar especial en el corazón del Señor, evaporarse instantáneamente. Puedo sentir en carne propia al hundimiento de Juan: “Conozco al Mesías, y he hecho las obras del Señor, pero Él no va a venir a rescatarme.”

Junto con los Salmos, las desilusiones de Pablo, la desesperación de Jeremías, Job, y la Madre Teresa, de repente me sentí como si estuviese en los zapatos de Juan. Saber que esos grandes hombres y mujeres de la fe también se sintieron solos y rechazados me trajo un poco de paz. Toda mi vida sentí que tenía un acceso especial a Jesús, y que mis oraciones y mi vida diferentes a las de los demás. Creí que si hacía lo correcto aquí en la tierra y si obedecía, cuando viniese mi tiempo de necesidad, toda mi fe y el trabajo que había hecho en el nombre de Jesús se traducirían en una especie intervención divina.

CUANDO ESO NO PASÓ, TUVE UN “QUIEBRE” ABSOLUTO EN MI FE Y ME SENTÍ DESILUSIONADO DE TODO LO QUE HABÍA CREÍDO DURANTE CASI TODA MI VIDA. PUEDO DECIRTE, DE MI EXPERIENCIA PERSONAL, QUE AQUELLA REVELACIÓN, EPIFANÍA, O LO QUE SEA QUE ME PASÓ, FUE LO MÁS DEVASTADOR, PERO TAMBIÉN FUE LO MEJOR QUE ME PUDO HABER PASADO EN LA VIDA.

Antes, tenía una “fe” que era blanco o negro. Demasiado llena de certezas. Sentía que Dios obraría de determinada manera para mí, tal como Juan el Bautista: iguales procesos, iguales resultados. Pero la realidad –es decir, la fe experimentada por fuera de la teoría– está muy lejos de este panorama. Estaba viviendo un naufragio en mi sistema de creencias, y de alguna manera sabía, intuitivamente, que todo sería diferente para mí en mi camino de la fe. “Los barcos están más seguros en la costa, pero están diseñados para el mar adentro.”, me gusta esa frase porque es la realidad de mi vida. Quería que mi fe fuese un puerto seguro, pero como dice el dicho, “Fe se deletrea R-I-E-S-G-O.”

Jesús no le dio una respuesta a Juan en su momento de mayor sufrimiento, pero él pareció confiar en su destino.

Cuando Jesús oró en el Getsemaní, dijo, “que no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Él no entendió pero confió en que Dios estaba obrando en Su vida. Dios también está trabajando en la tuya. No saques conclusiones apresuradas, no pierdas tu tiempo preguntándote el porqué de todo; y elegí vivir en el camino de la fe, confiando incluso cuando no hay respuestas.

Hoy tengo una fe que es mucho más flexible. Soy más feliz y perdí la necesidad de convencer a todo el mundo de que tengo todas las respuestas. Mi esperanza y mi oración para todos es que tengan su propia experiencia con la fe

El artículo no es de mi autoría, sino que es una traducción –y edición– de una entrada del blog ExPastors. Pueden leer el artículo en su idioma original en el siguiente link: http://www.expastors.com/when-faith-takes-an-unexpected-turn/

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