Cristianos: dejen de conservarse “puros” hasta el matrimonio

Originalmente subido el 23/12/2014

cristianos_ dejen de conservarse puros hasta el matrimonio

 

“Chicos, consérvense puros hasta el matrimonio”

(Líder de jóvenes de la iglesia en el campamento anual)

 

Antes de ir al artículo quiero aclarar que sí pienso que debemos esperar al matrimonio para tener sexo, pero el artículo habla de otra cosa. Hecha esta aclaración, ahora sí:

Hace unas semanas conocí a una chica a la que voy a llamar Victoria (no es su nombre real) que hizo que cambie mi perspectiva respecto a esta frase que está tan de moda en el submundo cristiano y no tanto (¿Se acuerdan de los “anillos de pureza” de los Jonas Brothers? ¡Qué vieja estoy!)

Le pedí permiso para compartir su historia, y accedió con la condición de que no revelase su nombre. Victoria se casó hace muy poco, y llegó virgen al matrimonio. Estuvimos hablando mucho tiempo con ella y su esposo, a quien voy a llamar Lucas, y me contaron la historia de cómo Victoria sufrió (y sigue sufriendo) las consecuencias de haber sido criada en un ambiente cristiano súper legalista en donde le enseñaron cómo conservarse “pura”, pero no qué hacer después de casada.

El daño de este legalismo fue tan grande, que la noche de bodas Victoria sufrió una crisis emocional. Mientras hablábamos y me confesaba los problemas matrimoniales que tienen, llegó a decirme, entre lágrimas: “Es tan terrible que me gustaría que ninguna mujer llegue virgen al matrimonio.”

Muchos aplaudirían de pie el hecho de que Victoria haya llegado virgen al matrimonio, pero sin tener en cuenta la razón de por qué eligió esperar. La base de su decisión, fue una gran raíz de temor. 

Victoria fue criada para creer que “el sexo es algo de lo que no se habla en la iglesia”. De adolescente, las enseñanzas todas tendían a ver al sexo como “algo del mundo”, algo malo y sucio, algo vergonzoso que debía mantenerse en secreto y nunca ser hablado abiertamente. En su mente, había conectado la idea de sexo con pecado. No hay dudas, entonces, de por qué la está pasando tan mal en la vida de casada. ¿Cómo se puede pretender que una chica a la que toda la vida le enseñaron que algo es malo, mágicamente cambie de parecer desde el momento en el que dijo “Acepto”?

Victoria y su esposo tenían tantos problemas respecto a este tema, que decidieron buscar ayuda. Fue cuando estábamos hablando, que ella llegó a darse cuenta que en su mente había dos opciones: ella podía ser espiritual, o podía ser sexual. Para ella, un estado suprimía al otro. Como estaba casada, por descarte era un ser sexual, y ya no podía ser más espiritual.

Para mí, y para otras tantas chicas que aún somos solteras, escucharla me partió el corazón, pero también me enojó bastante. En la Iglesia tenemos un problema con esto que me causa una gran frustración, sobre todo cuando estas enseñanzas se siguen esparciendo hasta hoy.

Si tu meta es mantenerte puro HASTA el matrimonio, vas a vivir tu vida matrimonial muy insatisfecho. La realidad es que nunca deberíamos perder la pureza. De hecho, la pureza no es algo que PUEDA SER PERDIDO: es un estilo de vida, no un estado.

Si sos cristiano, no perdés tu pureza cuando pecás porque es tu identidad como hijo de Dios. Podés ser cristiano y no caminar en pureza, pero eso no cambia quién sos. Lo pongo con un ejemplo: supongamos que te regalan un auto 0km. Te lo llevan a tu casa y te entregan las llaves. Vos sos dueño legítimo del auto más hermoso del mundo, pero igualmente podés elegir seguir viajando todo aplastado en colectivo. ¿Dejaste de ser dueño del auto por no usarlo? No. Algo así pasa con la pureza: podés vivir en ella o no, pero no la perdés nunca si no perdés tu fe en Jesús.

Cuando aceptamos el intercambio de Jesús en la cruz, ya somos santificados. La pureza (o santidad) va con vos a la verdulería y a la congregación; al hospital, y a la cocina para cocinar la cena.

También la pureza va con vos al cuarto matrimonial. 

Va con vos, porque vos caminás con Cristo.

La santidad (o pureza) no se pierde en un momento, es una clave esencial para un matrimonio feliz (y duradero). Es lo que te mantiene conectado tanto con Dios como con el otro, y lo que te ayuda a construir confianza y afecto. Y sí, uno de los ingredientes más importantes para eso es teniendo un sexo GENIAL. 

Disfrutar de tu sexualidad en tu matrimonio no te hace menos santo o impuro. El sexo es algo precioso. Es uno de los regalos más hermosos y misteriosos que Dios le dio al ser humano (Después del Nutella y el Caramel Macciato… pero de eso voy a hablar en otra oportunidad)

El matrimonio es un pacto que permite tal tipo de conexión. ¡Qué terrible es no entenderlo!

La virginidad es algo que nos fue entregado por Dios, y por eso no debería ser algo que se da sin recaudo alguno. Se atesora, se preserva con cada sonrisa, se recuerda con cada beso, se honra con cada caricia. La idea de entregarle a otra persona algo que fue dado por Dios, es aterrador. Pero vale la pena.

Quizás el caso de Victoria sea extremo, pero es un llamado de atención: la forma en la que los cristianos comprendemos la sexualidad necesita, al menos, volver a ser analizada. Ni “pecado”, ni una idea fantasiosa de que es lo mejor del mundo mundial: el sexo es un regalo de Dios que se disfruta en el matrimonio.

Esto no es un intento de tirar abajo este movimiento de jóvenes cristianos que salen con facebook con carteles diciendo “voy a llegar puro al matrimonio”, o que lucen orgullosos el anillo de pureza para probarlo. Por el contrario, los felicito. Simplemente creo que en esta generación hay MUCHA gente increíble que está siendo llamada a una reforma, y entre las muchas cosas que eso implica, pienso que también tiene que ver con cómo los cristianos miramos al sexo. A todos aquellos que entendemos que en donde no hay luz, hay tinieblas, les digo: es tiempo de poner manos a la obra y hablar de las cosas que no se enseñan en el púlpito. Estoy más que contenta cuando veo que estos problemas salen a la luz.

Pero, por el amor de Dios, POR FAVOR, desterremos la frase “conservarnos puros hasta el matrimonio”

Yo planeo vivir en pureza toda la vida, incluso después de la luna de miel. El día que me case, lo único distinto va a ser mi dirección y mi apellido. Voy a seguir buscando a Dios con cada fibra de mi ser, pero la única diferencia va a ser que en ese momento va a haber un hombre al lado al mío buscando a Dios con la misma intensidad, aunque haya errores, peleas, y todo eso.

Porque incluso después de tener sexo, le voy a seguir perteneciendo a Jesús… Y también vos.

 

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